Reflexiones sobre el miedo a volar

Hace un tiempo leía en un libro de filosofía Zen, que es la filosofía del “aquí y ahora”, en uno de cuyos capítulos habla de la felicidad. Para los maestros Zen, la felicidad significa un estado de absoluta armonía. Pero ¿qué significa estar en armonía?

En música, la palabra armonía define a la unión y combinación de sonidos simultáneos y diferentes, pero por ser acordes, se integran formando un nuevo sonido. En sentido general, significa la conveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras. Por lo tanto, podemos decir que armonía es una combinación proporcionada de elementos que, por sí solos, son diferentes, pero que, al unirse, forman un conjunto armónico.

En la mitología griega, Harmonía era la diosa de la armonía y la concordia. Su opuesta era Eris: la diosa de la discordia.

La armonía psíquica es un estado interior de concordia, fruto de la interacción entre dos elementos que deben combinarse en proporciones adecuadas: la realidad y las emociones. Y aquí es donde la sociedad moderna halla la causa de prácticamente todos sus problemas. ¿Por qué? Por que el miedo es el que más pesa en la balanza, y el que más espacio ocupa entre nuestros pensamientos. Por lo tanto, es lo que rompe nuestro equilibro con más facilidad.

En proporciones adecuadas, el miedo es una emoción necesaria, para brindarle mayor lucidez a nuestra mente, y mayor impulso a nuestra motivación. Pero, cuando es desproporcionado en relación al peligro existente (real), entonces podemos decir que nuestros pensamientos están en discordia con la realidad, o sea, desarmonizados.

Muchas personas dicen que logramos la armonía cuando todo lo que soñamos lo realizamos y no tenemos problemas con las personas que nos rodean. Pero allí falta un nivel de análisis. Por ejemplo, te has ganado el grande de Navidad, eres millonaria/o, pero resulta que tienes terror de solo pensar en que debes volar… Entonces, Nueva York, la Polinesia, están muy lejos, y van quedando fuera de tus sueños. Tienes suficiente dinero para ir, pero no puedes ir, por que el miedo te lo impide. Estás en la misma situación que Sigourney Weaver, cuando interpreta a la doctora en psicología Helen Hudson (Copycat), una experta en asesinos en serie. Sin embargo, después de que uno de sus anteriores casos, el psicópata Daryll Lee Cullum, estuviera a punto de asesinarla, Helen desarrolla una agorafobia que la recluye en su apartamento. Surgen entonces una nueva serie de asesinatos, y los dos detectives encargados del caso acuden a la doctora Hudson en busca de su ayuda y experiencia para conseguir atrapar lo antes posible al asesino. Pero un día, mientras ella estaba sola, el psicópata, Peter Foley, consigue ingresar en su apartamento. Helen se da cuenta a tiempo, e intenta huir en busca de socorro. Pero, cuando sale al pasillo de su piso, su agorafobia se lo impide. Se marea y pierde el equilibrio; todo gira en torno a ella, suda, su corazón está a punto de estallar, no puede incorporarse, patina, y queda tendida en el piso. La fobia, y el miedo que la alimenta, son más fuertes que su imperiosa necesidad de huir para no ser asesinada, y no le permiten salir siquiera al pasillo de su piso, por lo que debe regresar a su apartamento, y enfrentarse con el asesino.

Yo siempre digo que me siento mucho más seguro cuando estoy sentado en un avión de línea, que cuando conduzco mi coche. O sea, es más protegido estar fuera del piso de Helen, que dentro de él.

Pero el caso de Helen es mucho más general de lo que podemos imaginar ¿Cuántas veces debemos permanecer en un trabajo del que desearíamos huir? ¿O de una relación que cercena nuestra felicidad? ¿Y por qué no damos el primer paso?, ¿por qué cuando lo intentamos nos sentimos como Helen, imposibilitados de avanzar hacia la libertad?

Claro, perder el trabajo ahora, en plena crisis, con tanto desempleo, es lógico, seguimos soportando. O bien tememos dejar atrás una relación de años, niños, familia… Ya no hay felicidad, el deseo… se disipó, ya hace tiempo, pero continuamos.

La armonía se ha roto, dentro de nosotros, el equilibrio entre deseo/satisfacción se ha quebrado. Entonces nuestro cuerpo comienza a sufrir las consecuencias: palpitaciones (sin que las notemos), respiración levemente agitada, a veces definitivamente agitada, malestares físicos diversos, etc. El cortisol comienza a erosionar la nutrición de nuestras células, y a debilitar al sistema inmune. Nos acatarramos con facilidad, tenemos problemas con la digestión, no dormimos bien, por la mañana nos despertamos sin motivación, y los días transcurren entonces con un objetivo principal: que pronto finalicen, para ir a dormir, así olvidamos del problema.

Pero el miedo continúa trabajando mientras intentamos dormir. El miedo no duerme, y por eso no nos deja dormir. Es ruidoso, y para hacer su ruido emplea a nuestros pensamientos; no podemos detenerlos. Deseamos que haya silencio para dormir, pero nuestros pensamientos no se quedan quietos, y no paran de hablar.

Quien renuncie a su libertad por su seguridad, perderá a ambas.

La felicidad ha huido, dejando a expensas a Helen, prisionera en su apartamento; la ha abandonado, y solo el miedo se ha quedado con ella. El equilibrio de las proporciones se ha roto, ha perdido su legalidad. Y en un mundo sin equilibrio, la violencia y el miedo son amos.

La verdadera libertad es ser libres del miedo. Esto no significa no tener miedo; todos tenemos miedo, no uno, sino muchos. El significado aquí hace énfasis en continuar avanzando, pese al miedo, impidiendo que él decida por nosotros, tal como lo hizo con Helen. Cuando lo logramos, y no antes, entonces el amor es posible. Todo lo demás es pura retórica, ambición y necesidad.

Nuestra psique es la combinación de nuestra mente y emociones. Así que la armonía psíquica representa a nuestra mente y a nuestras emociones cuando trabajan juntas de una manera progresiva, de la manera que la naturaleza piensa, que no es la misma como nuestra cabeza piensa. La naturaleza es verdadera en sí misma, es una realidad, y no precisa del “pensamiento científico” para ser definida. Es el resultado de fuerzas universales, que son las responsables de su realidad. Y su actual distorsión, y la pérdida de su equilibrio, es el producto no del hombre, sino del modo cómo piensa el hombre. Es la codicia, la ambición, la falta de responsabilidad, el egoísmo, y la violencia humana, lo que está destruyendo a la naturaleza, a la vida del planeta, y no nuestra esencia, cuyo fin es otro, para el universo.

Para que nuestra mente y emociones trabajen juntas, y en armonía, necesitamos estar en alineación con las verdades universales. Por el contrario, quien se alinea en la “verdad” de una “creencia”, o de un “sistema de creencias”, de un partido político, de un grupo, de un pueblo, de un club, de una religión, se aliena de los principios universales, pues se aferra a un polo, a un “nosotros”, distintos y mejores que “ellos”. El equilibrio se rompe cuando surge la exclusividad. Exclusividad implica exclusión, y  el universo es un sistema en equilibrio, por lo que es inclusivo, no exclusivo. Estamos así a contramano de la evolución, que es el principio de toda la energía del infinito.

Así que este tema del miedo – por que excluye al amor – es tomado por los filósofos hindúes, desde Buda, ya hace unos 2700 años. Los hindúes dicen que las verdades universales son incondicionales y no basadas en la opinión subjetiva de nuestras mentes individuales. Cuando pensamos de acuerdo con la verdad del universo, pensamos de una forma que es espiritual, y nuestras emociones trabajan en armonía con nuestra mente espiritual, sana. Y es el descubrimiento de la verdad de nuestra vida la que puede permitir que nos movamos lejos de cualquier creencia falsa, que pueda ser una tenencia detrás de nuestras vidas. El descubrimiento de la verdad sobre nuestra vida puede mejorar nuestra salud psíquica y espiritual, siendo así una contribución única para el ciudadano global.

La verdad realmente nos libera

Como dijimos al comienzo de esta nota, para los maestros Zen, la verdad se logra cuando alcanzamos el estado absoluto del “aquí y ahora”. Esto es lo opuesto a los estados de ansiedad, típicamente caracterizados por el temor a lo que acontecerá en el futuro, que es lo que obsesiona a nuestros pensamientos. Es cierto que en muchas ocasiones tenemos sobrados motivos para pre-ocuparnos, pero lo cierto es que la persona verdaderamente sabia es la que sabe pre-ocuparse cuando llegue el momento;  no antes.

Pero, estamos en una era de satisfacción rápida; y la gente quiere conseguir una respuesta rápida – de sexo, dinero, ambiciones -. Todos quieren conseguir respuestas directas, aquí y ahora, pero casi nadie sabe permanecer ni un instante en la profundidad del “aquí y ahora”, o sea, en ese segundo de silencio infinito del que habla la filosofía hindú. La mente de los seres humanos no se detiene, por que está continuamente buscando respuestas, y seguridad, buscando lo deseado. Pero lo que realmente deseamos, tal como somos, nunca lo podremos hallar. Nadie lo ha logrado, por que el objeto deseado está perdido.

Pero, ¿quién es en ti el que se preocupa? La respuesta general es “Yo”, o sea el ego. El ego es una función producida por nuestros pensamientos. De allí que los hindúes dicen que el problema radica en el pensamiento – o sea, en el ego -, dado que es lo que nos separa de la “totalidad”, de la que ellos – y ahora también los físicos cuánticos – hablan. ¿Y que es esa totalidad? Pues el vacío infinito, donde todo se genera y organiza. El vacío es el espacio que separa a un átomo del otro, o a un planeta de otro; pero no es una “nada”, el vacío es pura energía, por lo tanto, es potencialidad. Para la física moderna – y para los hindúes desde hace miles de años – el vacío es la energía que hace todo lo demás posible. La diferencia es que, para los hindúes, el concepto de vacío no es un caos, tal como la física actual define a los procesos de expansión del universo (entropía). Por el contrario, para ellos, es un sistema organizado, en el cual nada está separado, sino unido por una energía infinita y creativa. Ellos la denominan de distintas maneras, como “energía divina”, “amor”, “ser”, o “totalidad”.

La energía es infinita, y el ego es finito.

Lo esencial en el ego es el miedo, por eso funciona en la dualidad. De modo que se conduce con recaudo, separando lo seguro de lo inseguro, lo confiable de lo desconocido. Claro que hay cosas que son peligrosas, que nos podrían ocasionar daños físicos. Pero, para el ego, existe otro tipo de peligro: el daño a la estima, a los valores, a las creencias, a la reputación, a la pobreza, a no ser reconocido, a no se aceptado, valorado, y querido por los demás. El ego es lo que nos fuerza a ser como los otros desearían que seamos, y no como verdaderamente somos. Es por eso dice lo que los otros esperan que digamos, y no lo que verdaderamente pensamos. De allí que, en las cosas del amor, lo importante no es que lo amen, sino que le digan que lo aman. El ego es miedoso, y también hipócrita. El ego habla de dignidad, pero es un valor que pierde con mucha complacencia.

El ego no puede comprender que todo está unido, incluso él mismo, al programa del infinito. Así que funciona pensando como una gota de agua. Pero toda gota es oceánica; su propiedad es oceánica; por eso, cuando una gota es devuelta al océano se convierte en el océano. Deja de ser individual, para convertirse en universal. Pero nuestros egos riñen con esa idea, por que tienen miedo a morir, y tienen miedo a lo desconocido. Y el problema no sería ese, el problema de nuestros egos es que tienen miedo a cambiar, miedo a renunciar a una idea, a una creencia, y, peor aún, a un sistema de ideas y creencias. Es que eso es lo que, precisamente, le otorga cierto apoyo, brindándole algunas referencias, y seguridad. El ego es un conjunto de creencias.

Pertenecemos y somos esa energía universal, manifestada en nuestro cuerpo y nuestra mente. Y la mente es el ser más pequeño: el “ego”, que es lo que nos hace sentir individuos “individuales”, capaces de discernir con criterios también propios y “personales”. En otros términos, nuestro “ser”, o sea, la fuente de la existencia, es infinita, mientras que nuestro ego se empecina en intentar hacerla caber en un túnel muy estrecho, y finito: en nuestro “Yo” y sus creencias.

El miedo fóbico funciona del mismo modo que una alucinación negativa

En los denominados miedos fóbicos, los pensamientos funcionan del mismo modo que una alucinación negativa, que se niega a aceptar una verdad – que es obvia – cuando contradice nuestras creencias. Cuando una creencia se arraiga, fortaleciéndose en el sistema de pensamientos, impide ver la verdad que está frente a nuestras narices, inclinándose por la que sostiene la creencia. De allí que, en el caso del miedo a volar, tantas personas teman que el avión se caiga y les cueste comprender que eso no es posible.

El primer paso, antes de que se estructure la alucinación negativa, consiste en la creación de una falsa realidad (falsa creencia), que nos hace percibir peligro dónde este no existe. Y la estrategia individual es la misma que se emplea para infundir el temor en la sociedad. Para ello, nuestros pensamientos emplean de modo reiterativo, palabras, frases, y/o imágenes cargadas de peligro, de cara a objetos o situaciones a los que

finalizaremos temiendo. En nuestro caso, la alucinación negativa puede producirnos una fobia al vuelo. En situaciones colectivas, puede justificar una guerra.

Podemos entonces observar que la energía del universo no es ansiosa, ni caótica. Ello es un problema de nuestros egos, no de la existencia, o del “ser”, siguiendo a la terminología hindú. Lo segundo, es que el ego se siente identificado con un rol: madre, padre, doctor, empleado, etc. Pero, en muchos casos, también se siente identificado con algunos aspectos de la personalidad. Algunas personas se definen como positivas y entusiastas, otras como escépticas o incrédulas, otras como “depresivas”, y muchas como “miedosas”. Una vez que estamos identificados con un rasgo, el ego se organiza y estructura con esa identidad, que ya no será fácil de cambiar ni abandonar.

¿Estás identificada/o con el miedo a volar? ¿Estás identificada/o con tu sistema de creencias? ¿Crees saber la realidad de lo que realmente está ocurriendo en nuestro planeta?

El individuo es un sujeto social y, por lo tanto, posee un ego social, o sea, un conjunto de creencias colectivas: el que la sociedad le ha prestado. Mejor dicho, el programa con el que la sociedad lo ha formateado (y condicionado). El miedo fóbico es un condicionamiento mental – la mayoría de las veces auto-impuesto, siguiendo la estrategia que vimos para la formación de la alucinación negativa – resultado del cual respondemos con una emoción (miedo) sin pensarlo y sin que intervenga nuestra voluntad. Existe una realidad dentro nuestro (por ejemplo, “el avión se caerá”, o  “perderé el control”) y ella, automáticamente, dispara la emoción. O sea, va mucho más allá de nuestra voluntad. En verdad, la falsa realidad se ha apoderado de nuestra voluntad, y de nuestras emociones.

Lo mismo ocurre a nivel colectivo. Los sistemas de comunicación masiva, como la radio, el cine y la televisión, o los líderes que arrastran multitudes (fenómenos de masas), son formadoras de opiniones, de ideas, y de creencias. Y el problema radica en que esas ideas o creencias puede que no sean fundadas, sino, por el contrario, estratégicamente falseadas, o sea, una mentira. Es entonces cuando una alucinación negativa se torna en verdaderamente peligrosa. Existen muchos ejemplos históricos al respecto. Os invito a que veáis un par de películas que grafican muy bien lo que os deseo decir: El Mago de Oz, y Matrix. Allí se aprecia con claridad hasta qué punto nuestro ego, o sea, nuestro modo de pensar, está formateado y delineado por los procesos sociales, o sea, por un conjunto de creencias, de “verdades” y “convicciones” que son las que movilizan nuestras emociones y conductas. Esto os ayudará a conoceros un poco más por dentro, y a observar como se forma una matrix, y cómo es capaz de dirigir nuestra vida, pensando que somos individuos libres, cuando somos no más que un engranaje, dentro de un sistema, que manipula.

Claro que os debéis preguntar cómo encaja todo este asunto en lo que realmente os aqueja – y que a muchos acucia – que es el MIEDO A VOLAR.

Pues de eso hablaremos en el siguiente post. Espero que sea pronto. Os aseguro que es un tema muy interesante.

2 respuestas a Reflexiones sobre el miedo a volar

  1. Pingback: Reflexiones acerca del miedo a volar « Vuela sin Miedo

  2. Guillermo dijo:

    Excelente. Me recuerda a Osho o Krishnamurti. Maravillosas palabras
    Gracias!

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